Camporrobles hunde sus raíces en la Edad del Bronce, cuando el ser humano comenzó a dialogar con esta tierra y, juntos, fueron trazando un camino que llega hasta nuestros días. A lo largo de los siglos, ese vínculo entre el hombre y el territorio ha esculpido un paisaje cargado de memoria y significado.
Camporrobles es el nombre de nuestro pueblo y camporruteños el de quienes lo habitan y lo sienten como propio. Todo lo que aquí se ofrece nace de una relación histórica y profunda entre la gente y su tierra: campos trabajados generación tras generación, ganados que han marcado los ritmos de la vida y un horizonte que cuenta historias en cada rincón. Camporrobles son sus vecinos, su agricultura, su ganadería y un paisaje lleno de historia que sigue escribiéndose día a día.
Desde la Prehistoria y la Edad del Bronce hasta el presente, distintas culturas han dejado su huella en este lugar, tejiendo un legado que convierte a Camporrobles en un territorio con un pasado tan importante como apasionante. Cada vestigio, cada tradición y cada nombre propio forman parte de una historia colectiva que hoy se abre al visitante para ser descubierta.

Su Historia pasa por la relación de sus habitantes con los cultivos, los llanos y sus pastos, las lagunas y el agua, que hasta hace no mucho salpicaban este término. Desde la Prehistoria reciente, la Edad de Bronce, pastores y agricultores han ido cambiando el paisaje, al mismo tiempo que éste les cambiaba también a ellos mismos. Unas veces dirigidos por la orgullosa nobleza Íbera desde el poblado fortificado de El Molón, otras en apacibles granjas o villas, en las zonas más llanas durante los años del Imperio Romano. El Medievo significó una nueva ocupación del Molón junto con sus alquerías, y las incursiones de conquista de los caballeros castellanos contra los musulmanes de Requena. Al final siempre sobrevivía la relación de las gentes con su tierra. Trahumancia y lana, cereal y harina, bosques y resina, todo cambiaba y se adaptaba al correr de los años y los siglos. Las guerras vinieron y se marcharon, la industrialización del campo arraigó y el ferrocarril marcó el inicio de la era de las comunicaciones. Toda la Historia en el marco del mimo de una tierra por su gente y el cuidado de la calidad de su vinos, embutidos, quesos, pan y dulces.
En un pasado muy lejano, las montañas y llanuras de Camporrobles llamaron a sus primeros moradores, que encontraron en estos pastos, en estas tierras fértiles y en la presencia del agua el escenario perfecto para levantar sus vidas. Aunque hoy no haya río, el término estuvo jalonado por varias lagunas que latían en el corazón del paisaje, ofreciendo pesca, caza, plantas silvestres y suelos riquísimos para el cultivo durante los estiajes del verano.
En la Edad del Bronce, aquellas primeras comunidades se asentaron en pequeños caseríos fortificados en lo alto de cerros y promontorios como El Picarcho, la Cueva de la Campana o el Collado de la Cañada. Desde esas alturas vigilaban los campos, los ganados, los caminos y las rutas comerciales, dejando una huella profunda en el territorio. Es entonces cuando aparecen las primeras evidencias de cereal convertido en harina, de rebaños de cabras y ovejas que se vuelven inseparables del paisaje camporruteño y de las pequeñas queseras con las que se elaboraban los primeros quesos. Las relaciones entre familias se hicieron cada vez más complejas: acuerdos, alianzas, matrimonios y deudas concentraron riqueza y poder en unas pocas manos, preparando el terreno para la aparición de poblados mayores desde los que una nueva aristocracia dirigiría la vida de la comarca.
De ese impulso nace El Molón, convertido en símbolo y morada de una nobleza orgullosa que controlaba la tierra, el ganado y el comercio. Durante más de ocho siglos, entre la Edad del Hierro y la cultura ibérica (ss. VIII a. C.–I d. C.), este cerro fortificado fue testigo de una época brillante y del nacimiento de otro aliado inseparable de Camporrobles: la viña y el vino. Con la llegada del Imperio romano, El Molón se abandona y sus gentes vuelven la mirada a los campos y a los ganados, ahora en torno a las lagunas. El orgullo guerrero de aquella élite se va diluyendo y, en su lugar, prosperan granjas y caseríos —las rentos— que se esparcen por el término; algunas desaparecen, otras se mantienen a lo largo de toda la Antigüedad, hasta el ocaso de Roma.
La Edad Media trae consigo el Islam y, de nuevo, El Molón se alza como bastión estratégico. Un grupo de nuevos pobladores levanta en su cima una plaza fuerte, un ḥiṣn, integrado en la cora de Ŝantabarīa, en el Šarq al‑Andalus. Durante casi doscientos años (ss. VIII–X), el cerro vuelve a controlar tierras, pastos, alquerías y los caminos que se dirigen hacia la Balansiya islámica. En este periodo se construye la mezquita y el lugar adquiere tal relevancia que es citado en la campaña del califa Abderramán III contra Zaragoza con el nombre de al‑Baṭḥā, ligado a las lagunas que lo rodeaban.
Cuando en 1219 el arzobispo de Toledo, Rodrigo Ximénez de Rada, conquista la vecina fortaleza de Mira, al‑Baṭḥā hace tiempo que se ha derrumbado. Las tierras de Camporrobles, aún salpicadas de pequeñas alquerías dedicadas al cultivo, sufren las razias y saqueos de los castellanos hasta la toma definitiva de Requena en 1238. Al final de la Edad Media surge ya Camporrobles como núcleo estable, a la sombra de El Molón y junto a las lagunas, convertido en lugar de parada y reposo para los grandes rebaños trashumantes que viajaban entre la Alta Serranía de Cuenca y Valencia. De este tiempo datan el trazado urbano de la zona más antigua del pueblo, propio de comunidades ganaderas, y la Plaza del Pozo del Concejo, escenario de ferias de ganado y reuniones del concejo.
La aldea, dependiente de Requena, crece y se enriquece gracias a la lana, mientras la antigua iglesia se reforma en el siglo XVIII, coincidiendo con la obtención de la independencia municipal. La agricultura gana protagonismo y muchas de las lagunas que habían dado prosperidad a sus habitantes se desecan para transformarse en huertos y campos de cereal. Las familias se multiplican y el término vuelve a poblarse de casas y rentos dispersos cerca de las tierras que aseguran el sustento: la Casa del Cuervo, las Casas de Bernardo, las Casas de los Yesares, la Casa Nueva o la Casa de las Veletas, entre otras.
Los tiempos recientes también han dejado su marca épica. La III Guerra Carlista (1872–1876) y la Guerra Civil (1936–1939) pusieron a prueba la tranquilidad de estas tierras, pero Camporrobles supo resistir. Durante la primera mitad del siglo XX el campo se mecanizó, surgieron pequeñas industrias —harineras, alcoholeras, bodegas, resineras— y el pueblo alcanzó su techo demográfico entre 1940 y 1950, con algo más de tres mil habitantes. La línea férrea Madrid‑Valencia, inaugurada en 1947, abrió una nueva era de comunicaciones y reforzó su papel en la comarca.
A partir de la década de 1960, muchos vecinos y vecinas emprendieron el camino de la emigración hacia las grandes ciudades, principalmente Valencia, Madrid y Barcelona. Sin embargo, el pueblo mantuvo la calma y el sosiego que le brinda la tierra que lo rodea, volcando su esfuerzo en el cuidado de los campos y en la excelencia de sus productos. En 2014, ese largo recorrido histórico, forjado entre montes, lagunas, viñas y caminos, recibió un reconocimiento especial: Camporrobles fue declarado municipio turístico por el Consell de la Generalitat Valenciana, consolidando así una trayectoria marcada por la resistencia, el trabajo y el orgullo de todo un pueblo que se siente orgulloso de su pasado.
Actualmente el municipio impulsa los actos administrativos para oficializar el reconocimiento a la bandera oficial de Camporrobles, un impulso más al reconocimiento de nuestros orígines y nuestros elementos de arraigo a un territorio único